Cassandra entró al comedor luciendo un vestido blanco casual de tirantes, falda volada y corta hasta sus rodillas; ella se encontró con su exesposo que ya estaba ahí, esperándola.
Se acercó a una de las sillas, pero antes de que pudiera sentarse, una mujer se acercó para servirle la cena.
—¡No!, no es necesario —interrumpió Cassandra, con un tono firme—. No tengo apetito, así que solo tomaré un té y…
—Sirvele, va a comer —ordenó Angelo, su voz grave y autoritaria, ignorando la negativa de