Su cabello todavía estaba mojado por la ducha. En contraste con su inmaculado yo habitual, había una especie de belleza descuidada en él.
Con los dos pequeños encima de Nell, su rostro se tornó hosco mientras él gritaba: “Vayan a jugar por ustedes mismos y dejen a su madre en paz”.
Sentada frente a la mesa del comedor, Lizzy puso una cara seria. “Papi, tuviste a Mami para ti solo por tantos días. Hoy es nuestro turno con ella. Eres un adulto. No puedes competir con nosotros, los niños”.
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