Sin habitacione

◇•Liam•◇

“Debes estar bromeando”, siseó mientras daba otro paso hacia atrás.

Parpadeé, sorprendido.

Luego sonreí.

“Mira nada más a quién tenemos aquí. Maya.”

Su nombre salió de mis labios sintiéndose extraño y, al mismo tiempo, demasiado familiar.

Di un sorbo a mi café sin apartar la vista de ella.

Parecía al borde de la irritación.

No…

Estaba claramente molesta.

Y conmigo.

“Vaya sorpresa. Viniste a buscarme.” Me llevé una mano al pecho con dramatismo.

Ella arrugó la nariz.

“Te equivocaste de casa”, espetó. “Reservé este lugar por un mes. ¡Está a mi nombre!”

Movió un dedo acusador hacia mí mientras yo seguía apoyado con toda tranquilidad en el marco de la puerta.

“Yo también, preciosa”, respondí con calma.

Frunció el ceño.

“No sé qué jueguito estás intentando hacer, Carter. Pero deberías parar.”

Levanté una ceja.

“Creo que el que debería preguntar eso soy yo. ¿Me estás siguiendo? Porque no hay forma de que aparezcas ‘misteriosamente’ frente a mi puerta.”

Crucé las piernas y ladeé la cabeza.

“O dime… ¿me extrañabas tanto que decidiste venir a buscarme?”

Esbocé una sonrisa burlona.

Ella me fulminó con la mirada.

O al menos lo intentó.

“Es demasiado temprano para llamar a la policía”, murmuró. “No tengo idea de qué estás hablando, pero esta es mi casa de vacaciones.”

Alcé una ceja.

Bien…

Parecía completamente seria.

Muy seria.

Me incorporé.

“Llevo un mes viviendo aquí, cielo. No sé quién te estafó, pero créeme… estás completamente equivocada.”

Su expresión se endureció aún más.

“No… no me llames así”, murmuró mientras acomodaba la capucha de su sudadera.

Sonreí de lado.

“Qué cosita tan adorable eres.”

Ella dio otro paso atrás y negó con la cabeza.

“Voy a llamar a la policía.”

Sacó el teléfono.

Yo simplemente levanté una ceja.

Podía llamar a quien quisiera.

La realidad seguía siendo la misma.

La habían estafado.

Aunque…

¿Cuánto habría pagado?

“Hola… sí, tengo una emergencia…”

Su voz estaba cargada de frustración.

Aproveché para observarla.

Había cambiado.

Muchísimo.

Habían pasado…

¿Qué?

¿Siete años desde la secundaria?

No había vuelto a verla desde entonces.

La chica de gafas enormes, brackets y faldas largas había desaparecido.

En su lugar había una mujer completamente distinta.

Y, si me preguntaban…

Estaba muy buena.

Incluso con la capucha cubriéndole media cara, lo poco que alcanzaba a ver era suficiente.

Bajita.

Rostro redondo.

Pestañas largas.

Labios carnosos.

Ojos marrones…

Aunque, en mi cabeza, todavía seguían escondidos detrás de aquellas gruesas gafas.

Nuestros ojos se encontraron.

La comisura de mis labios se curvó.

“…probablemente tenga poco más de treinta años. Sí… sí… No veo ninguna arma, pero podría estar escondiéndolas”, dijo por teléfono.

Resoplé.

Jesús.

¿En serio?

“Por favor, vengan”, murmuró antes de colgar y cruzarse de brazos.

“La policía llegará enseguida. Todavía estás a tiempo de irte. Les diré que escapaste.”

“Veo que por fin te salió carácter”, comenté mientras daba media vuelta y entraba a la casa.

“Avísame cuando lleguen.”

Alcancé a ver su expresión de absoluto desconcierto antes de cerrar la puerta.

Dejé la taza de café sobre la mesa y caminé hasta la ventana.

Aparté un poco la cortina.

Seguía ahí.

Con los labios apretados y la vista clavada en el teléfono.

Miró colina abajo.

Después volvió a la pantalla.

De acuerdo.

No pensaba irse.

Y yo no estaba de humor para dramas.

Por agradable que fuera volver a verla después de siete años…

Ya quería que desapareciera.

La policía apareció en menos de media hora.

Observé desde la ventana cómo señalaba hacia la casa.

Maldije entre dientes, agarré una camiseta del sofá y me la puse mientras caminaba hacia la puerta.

La abrí justo cuando el agente iba a tocar.

Se quedó con la mano suspendida en el aire.

Luego la bajó e inclinó ligeramente la cabeza.

“Ciao.”

Alcé una ceja y miré a Maya.

Seguía con los brazos cruzados.

“Salve, agente. Come posso aiutarla?”, respondí.

Si íbamos a hacer esto, lo haríamos bien.

El policía parecía casi tan sorprendido como Maya.

Me apoyé en el marco de la puerta, imitando exactamente su postura.

El agente se aclaró la garganta y cambió al inglés.

“Esta señorita denunció un allanamiento y una invasión de propiedad.”

“¿De verdad?”

Me enderecé, fingiendo no notar que Maya me estaba observando.

“Con todo respeto, agente, la estafaron. Pagó por una casa que nunca fue suya.”

“¡No es cierto!”, protestó Maya. “¡Reservé esta casa hace un mes! ¡El agente me dijo que la llave estaría debajo del felpudo!”

El policía volvió la vista hacia mí.

“¿Y usted cuándo llegó?”

“Hace un mes. Llevo aquí desde entonces.”

El agente masculló algo por lo bajo, claramente molesto.

Bueno…

Yo no había sido quien lo hizo venir.

Se acercó al felpudo.

Me hice a un lado.

Lo levantó.

Frunció el ceño.

Luego miró a Maya.

“No hay nada aquí. No hay ninguna llave.”

Ella parpadeó, confundida.

“¿Qué…? Debería estar. Me aseguró que la dejaría ahí”, murmuró mientras comprobaba por sí misma.

Suspiré.

“Creo que es bastante evidente que la estafaron… y además entró en una propiedad privada.”

El oficial frunció el ceño.

“Señorita, ha sido víctima de una e****a. Será mejor que busque otro lugar donde quedarse mientras resolvemos este asunto.”

Maya tiró suavemente de la manga de su sudadera.

Apretó los labios.

Luego asintió.

“Lamento haber…” Hizo un gesto vago con la mano antes de suspirar. “Gracias por venir.”

El policía asintió y bajó los escalones.

Sin siquiera mirarme, Maya tomó su maleta.

“¿No vas a disculparte por irrumpir en mi casa?”, pregunté.

Ella se giró.

“No.”

Sus ojos ardían de rabia.

“No lo siento. Siempre has sido un completo imbécil.”

Vi el ligero temblor de sus labios antes de que se diera la vuelta y comenzara a arrastrar la maleta cuesta abajo.

Apreté los labios.

Mi expresión cambió mientras la veía alejarse.

Después cerré la puerta en silencio.

Había venido aquí para escapar de mi vida.

Últimamente las cosas no iban bien.

Los reflectores ya no apuntaban hacia mí.

Mi carrera se estaba hundiendo.

¿El reconocimiento?

Desaparecido.

Necesitaba un respiro.

Lo último que esperaba era que Maya Caldwell apareciera frente a mi puerta con esos ojos marrones… y esa actitud.

La misma chica de la que solía burlarme.

Pasé las siguientes horas tirado en el sofá viendo una serie hasta que cayó la noche.

Entonces…

Llamaron a la puerta.

Fruncí el ceño.

No esperaba a nadie.

De hecho, nadie sabía que estaba aquí.

Abrí la puerta.

Era Maya.

Seguía con la maleta en la mano.

Me dedicó una sonrisa forzada.

“Hola… ¿Puedo quedarme esta noche? No hay habitaciones disponibles”, murmuró.

La observé unos segundos.

Luego me hice a un lado.

No tenía ganas de molestarla.

Y tampoco estaba seguro de que ella fuera a soportarlo.

Maya y yo…

Bajo el mismo techo.

Una sola cama…

Joder.

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