Eevonne suspiró aliviada. “Me has dado un susto de muerte, Kingston. Pensé que era por otra cosa. No pasa nada. A cualquier ciudad que te dirijas para buscar a tu prima, yo iré a esa ciudad para hacer de repartidora. Aún te debo cincuenta mil dólares. Si no te acompaño, no sé cuándo volveríamos a vernos. Yo... realmente no tengo otras cosas que pueda darte como garantía. Si no me dejas acompañarte, ¿no te da miedo que yo... huya? ¡Son cincuenta mil dólares!”.
Eevonne pensaba que quién en este mu