¡Ella lo amaba! Lo pateaba continuamente, lo maldecía, lo arañaba, todo para advertirse a sí misma, para no ceder ante él y su tacto.
‘¡No te enamores de él, Sabrina! ¡Lo has perdido todo ahora! ¡Lo viste con otra mujer! ¡No caigas!’, se advirtió a sí misma una y otra vez. Hasta el momento en que cedió ante él… de cabo a rabo.
Sus lágrimas empaparon las fundas de las almohadas. Al final, la persona que odiaba era ella misma. Había agotado todas sus fuerzas hasta quedar exhausta.
Cuando se de