Capítulo 0002

Narrador.

Aslan se sintió feliz cuando vio que su automóvil fue el primero en cruzar la meta, puesto que había ganado la carrera y en cuanto bajó de su coche, su equipo de trabajo corrió hacia la pista con el fin de celebrar junto a él. Cargando con admiración a su piloto estrella, mientras que el alma de Aslan no le cabía dentro del cuerpo de la emoción tan grande que tenía, y a pesar de que era una costumbre para él ganar; cada carrera era un reto distinto que le causaba decoro.

Con su trofeo en las manos lo mostraba a todos, y en su rostro había una gran sonrisa de satisfacción y orgullo propio.

—Este triunfo es digno de que hagamos algo en grande— propuso uno de los integrantes de su equipo de trabajo y todos lo apoyaron.

—Lo siento chicos. Saben que debo ir a celebrar con mi esposa e hija. — Rechazó Aslan de forma amistosa la interesante propuesta.

Los demás negaron al recordar y de paso murmuraban uno con otro sobre lo histérica que suele ser la esposa de su piloto. Debido a su irritante carácter ya tenían mala percepción de ella, pero ninguno se atrevía a manifestar algo en su contra.

—Aslan, si es por nosotros que te limitas, te aclaro que no tenemos inconvenientes en que tu esposa nos acompañe.

Aslan negó con un movimiento de cabeza.

—Te repito que no hay problemas puedes invitarla, así celebraremos todos juntos — sugirió el jefe técnico y Aslan volvió a negar, cavilando en que prometió volver seguido a casa.

Una hora después, Aslan había llegado a su casa mostrando alegría, y con una sonrisa brillante en los labios se acercó a su esposa con su trofeo en manos.

Ella, que estaba sentada en el sofá con su pequeña bebé en brazos, creo un mohín de desagrado y cuando él como esposo cariñoso intentó darle un beso en la mejilla derecha, lo evadió, pero ese rechazo no lo detuvo, sino que se agachó a su lado para besar sus labios y nuevamente giró el rostro haciendo que la boca de él chocase con su mejilla.

—Natasha, ¿amor que te sucede? —Inquirió con mirada desorbitada — vine tan pronto terminó la carrera para compartir contigo mi alegría.

Él le agarró el mentón con suavidad. — Mira he ganado el primer lugar— le explicaba, a pesar de que no le extrañaba su tosco comportamiento, puesto que ya estaba acostumbrado a su áspera actitud.

Ella es una mujer de emociones a tope, debido a que sufre de unos ataques de celos enfermizos que no tienen fundamentos y que lo tiene muy hastiado.

Esa inseguridad le empezó después de haber dado a luz a su hija, razón por la que se le dificulta poder acompañarlo a cada carrera y dado a esa imposibilidad supone que su esposo al notarse rodeado por mujeres que lo codician podría dejar de sentir interés hacia ella.

—¡Claro! — Torció los labios con disgusto antes de agregar: — El gran corredor famoso, solo busca más triunfos para atraer a esas putas que buscan meterse en la cama de un hombre millonario—reclamó sacando sus propias conjeturas y provocando que Aslan la mirara incrédulo y al mismo tiempo soltara una risa carente de gracia.

—¿Te estás escuchando Natasha?, pareces enferma, y esos celos infundados me están cansando. He dejado de salir con mis amigos para estar con ustedes y me recibes con tus ataques de histeria.

Aslan se levantó tratando de respirar para no caer en esos tipos de provocaciones enfermizas que siempre terminaban en una discusión bastante tóxica.

—¡¿Ahora me dices loca?!, ¿eso es lo que quieres expresar que soy una loca? ¡¡Anda vete con tus amigos!!, ¡eso es lo que quieres!, quien sabe si es para irte con esas mujeres. — Lo señaló.

» Pero que te quede claro Aslan me iré con mi bebé y no me volverás a ver nunca, ¡¡me has escuchado nunca!!— gritaba fuera de sí y él no sabía si llorar o reír.

—En serio estás mal. Me tienes aburrido, no sé cómo seguir, y si te consideras loca, ¡pues sí!, ¡lo eres!

» ¿A qué mujer le excita pelear antes de acostarse con su esposo? No sé lo que es hacer el amor. Siempre empezamos con estos tipos de discusiones y tras finalizar quiere que te tome de manera violenta. Te aclaro que con el tiempo esto se ha convertido en algo difícil de sobrellevar.

Ella se quedó con la boca abierta al escuchar su confesión, y miró a los lados sintiendo un poco de pudor al suponer que los empleados los estaban escuchando y el bochorno grande se lo causaba ese detalle de lo que sucedía entre ellos antes del acto amatorio.

Total, su bochorno estaba de más, porque, qué no sabían los empleados, si escuchar discusiones y los alborotos que creaban sus jefes en su acto salvaje, enfermizo y alocado, era lo normal en esa gran casa.

Ella abrió los labios con plan de continuar con dicha discusión, pero Aslan la dejó con la palabra en la boca, y solo le quedó refunfuñar, y tirar de su propio cabello.

Aunque era ya tarde, Aslan decidió ir a la empresa a buscar a su padre, pues, quería desahogarse y no ansiaba dialogar sobre su problema matrimonial con algún amigo, debido a que lo que realmente necesitaba era el consejo sabio de su progenitor.

Por momentos cuando el enfado le ganaba pensaba darse por vencido, pero luego volvía a reflexionar que todavía ama a su esposa y lo que debe es tratar de arreglar el problema que amenaza con acabar con su matrimonio. Ya que el hecho de alejarse de su hija y esposa le agobia. Incluso le había propuesto a Natasha ir a terapias de pareja; sin embargo, a ella le ofendía esa sugerencia.

Así que fue a la empresa rogándole al cielo encontrar a su padre porque lo llamó varias veces, pero no pudo comunicarse con él.

De modo que lo llamó al teléfono fijo de la casa y el ama de llaves le respondió que no se encontraba.

Aslan soltó un suspiro de desesperación, puesto que le urge dialogar con Alonso para pedirle su opinión acerca de ese problema que lo tiene tan descontrolado.

No obstante, tras estar en la oficina vacía, se acomodó en el enorme sillón negro de cuero italiano detrás de un escritorio de madera gruesa con un elegante diseño victoriano.

«No quiero volver a casa», pensó triste, y muy desanimado.

Después de mirarlo todo a su alrededor, decidió ahogar sus penas en el licor, tomando de esa manera parte de los whiskys que su padre almacena en su licorera.

Narra Ashley.

Dentro de mi cabeza ya sonaban las campanas de la iglesia. Me siento tan emocionada, que espero con ansiedad el día de mi boda.

«Ya falta poco», suspiré mirando a través de la ventana de cristal del salón de clases y una sonrisa amplia apareció en mi cara.

—Ashley… Ashley— susurraba mi amiga mientras me topaba con la punta de su bolígrafo hasta que me sacó de mi nebulosa.

—¡Queee!— Le respondí con el mismo tono de voz bajo para que la maestra no le dé por restarme puntos, ya que estoy en mi último semestre y quiero al fin obtener mi título.

Me ha costado demasiado poder pagarme los estudios como para darme el lujo de tener que repetir el último semestre.

«¡Eso ni de coña!» dije en mi fuero interno moviendo la cabeza para los lados, porque nada me hará perder la oportunidad de ser la licenciada Ashley Taylor.

—Hasta pareces tonta cuando no dejas de sonreír como boba, y sé que es por William, pero concéntrate en la clase— me corrige entre murmullos.

—Sí que eres molesta Jésica, ¡déjame ser feliz! — Protesté con voz chistosa.

Una tos fingida nos interrumpe y nosotras nos tensamos enseguida mirándonos con complicidad.

—¿Tienen ustedes, señoritas, algo que compartir con el resto de la clase? — expuso la maestra sonando sarcástica.

“Media hora”, eso duramos tratando de convencer a la maestra de que no estábamos hablando sobre algo que fuera de interés para los demás, de modo que nos advirtió que esta sería la última vez que nos perdona una interrupción en su horario de clases.

Luego que me despedí de Jessica, corrí a la estación del metro; era tarde, y debía llegar a tiempo a la empresa si no quiero ser amonestada, pero tal parece que hoy es el día de los problemas para mí y por ninguna razón debo perder el empleo, ya que, no podré reunir el dinero de la boda.

William y yo llevamos más de 5 años trabajando duro para reunir el dinero que necesitamos para casarnos y dentro de un mes lo podremos lograr. "Estoy que cuento los días"

Hoy en la empresa me tocó el turno de la noche, y me parece genial porque es más sencillo limpiar los pisos sin los empleados estorbando. Por lo general soy de las que limpia escuchando música, me pongo unos audífonos y me olvido del mundo.

Ya después de haber limpiado todo el lugar decidí ir al área donde se guardan los materiales y productos de limpieza con planes de volver a casa, debido a que hoy tenía que ir a cenar a casa de los padres de William.

—¿Qué te pasa Susan? — le pregunté a una de mis compañeras cuando la vi masajeándose la sien con sus dedos a la vez que mantenía los ojos cerrados.

—Es que no soporto el dolor de cabeza. — Evitaba mirarme, pero por la irritación que tiene su nariz, sé que ha llorado; sin embargo, no dije nada y simplemente la escuché.

—Y todavía me falta la oficina del presidente, pero no creo poder limpiarla y si no lo hago me van a poner una amonestación — me explica y rompe a llorar con llanto y de verdad se ve mal.

—El dolor será más intenso si lloras. —Le advierto y me senté a su lado para darle consuelo mediante un abrazo.

—Mi papá no está bien, temo a no poder verlo más. Ash te confieso que estoy desesperada. —Respiré profundo y miré el reloj en mi muñeca, notando que aún me queda más de una hora para ver a mi novio, por lo que me da tiempo a ayudarle; no soy capaz de dejarla así.

—Vete con él y de paso aprovechas para descansar un poco, yo limpiaré esa oficina, pero recuerdas comprar chocolates para mí— le dije chistosa, creando un corazón con mis dedos con el fin de animarle un poco y ella intentó reír, pero no pudo y de seguro fue más por la preocupación que por el dolor. Y sé lo doloroso que es ver a un ser querido padecer.

Volví a subir al último piso y cuando abro la puerta de la oficina a la que nunca he entrado, veo que todo está oscuro.

—¿Dónde están los interruptores de esta oficina? — me pregunté a mí misma mientras me adentraba en su búsqueda y en cuanto quise sacar mi teléfono móvil para encender la linterna, tropecé con algo o tal vez con alguien cayendo sobre él.

—Lo siento mucho — me disculpé con voz trémula en cuanto sentí que había caído sobre mi jefe, y seguido el olor a licor golpeó mis fosas nasales.

Intenté levantarme, pero él me lo impedía.

— ¡Suélteme jefe, por favor! — Le pedí por el hecho de que tenía mis brazos sujetados con mucha fuerza.

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