Durante el receso de la subasta, mientras Ana se ausentaba, Adelina meditaba. Se preguntaba si Ana ya no podía seguir pujando por ella. Pero incluso en ese caso, no culpaba a nadie. Ana ya había hecho todo lo posible. Solo se culpaba a sí misma por nacer en la familia equivocada, con un padre tan despiadado que la vendía en un lugar como este, donde cualquier hombre podía hacer con ella lo que quisiera.
Con estas reflexiones, sus ojos se tornaron acuosos. Justo cuando pensaba que estos hombres l