Ana se sentía como si hubiera caído en el profundo abismo del mar, siendo arrastrada y sacudida sin cesar. Alguien le suplicaba con voz entrecortada que no abandonara la vida, como si lágrimas desgarradas resbalasen por sus mejillas. Esos sonidos desordenados no le permitían reposar en paz.
De repente, Ana abrió los ojos de manera abrupta, encontrándose recostada en una cama amplia y mullida. Sentía su cuerpo tan liviano como una pluma, como si careciera de todo peso terrenal.
Ana se quedó perpl