Ana miraba con sumo cuidado la pantalla donde aparecía su madre. Aunque solo pudiera verla de lejos, sin posibilidad de que su madre la escuchara o la viera, la simple vista de ella durmiendo plácidamente, lograba apaciguar la inquietud que anidaba en su ya maltrecho corazón.
Sin embargo, un tono de llamada estridente irrumpió, cortando la conexión de video. Ana vio el nombre que aparecía en pantalla: Silvia. Tal cual piedra arrojada en un estanque en calma, su tranquilidad se alteró de repente.