Las camionetas fueran que ya comenzaban a llegar con sus choferes para que la gente fuera dejando el lugar, los primeros en llegar fueron los guardaespaldas de Maximiliano y Salomé. Ninguno de los dos podía quedarse ni un solo minuto más ahí.
— ¿Me puedes hacer el favor de esperarme, Maximiliano? —Lo llamó ella al ver que él seguía adelante.
— ¿Por qué no te quedas con toda esa gente que te ha hecho su diosa? ¡Oh, no perdón, lo acabo de olvidar! Tú misma te compraste la maldita corina pa