CAPÍTULO 20. UN ROSTRO FAMILIAR
En la Clínica privada
—¡Gracias, Luisa! ¡Eres muy buena y amable conmigo! —declaró Adriana con una voz dulce— ¿Sabes? Apenas, me restablezca, te compensaré en el trabajo, dando lo mejor de mí.
—¡Ya lo haces, Adriana! —indicó Luisa, acariciando la mejilla de ella, con mucho cariño. En el poco tiempo, que tenían juntas, esta se había encariñado mucho con ella y la miraba como a una hija más.
Debido al cuadro que presentaba Adriana, fue hospitalizada por veinticuatro horas. Posteriormente, le dier