La mañana del 24 de diciembre amaneció fría y silenciosa en Bath. Cuando salimos de la casa de los Carter, el aire estaba tan frío que podía ver mi respiración formando pequeñas nubes de vapor, y las calles estaban prácticamente desiertas: solo algunos peatones apurados cargando regalos de última hora y el sonido ocasional de coches pasando por las piedras antiguas.
Nate sostuvo mi mano enguantada en la suya mientras caminábamos por el centro de la ciudad, y pude sentir su calor incluso a travé