NATHAN
La habitación estaba espesa por el humo, el aire era sofocante, y aun así no abrí las ventanas.
Me senté en mi sillón, tomé otro cigarrillo y lo encendí.
La primera bocanada me escoció en los ojos. Di otra calada. Mientras exhalaba, la habitación parecía cerrarse, volviéndose más pequeña.
Normalmente, fumar me ayudaba a huir de mis problemas —de toda mi rabia y frustración contenidas—, pero ¿en este momento? ¡No estaba funcionando!
Mi corazón seguía apretado por la rabia y la amargura, y