Las caderas de Mariana se balanceaban mientras pasaba por delante del escritorio de Jake, la viva imagen de una belleza que incitaba al pecado.
Su trasero quedaba perfectamente delineado por la fina falda que llevaba. Apenas cubría la superficie de aquella carne suave, prácticamente suplicando ser manoseada.
Incapaz de resistirse, Jake estiró la mano, tirando un lápiz de su escritorio.
Este cayó al suelo con un leve golpe que resonó en la silenciosa oficina.
Luego, como era de esperar, Mari