Su excesiva preocupación por la señorita Abril lo llevaba a prohibirle constantemente diferentes alimentos, diciendo que esto o aquello no era bueno para ella.
—Mario, llama ahora mismo y pide un pastel para que lo envíen a La Laguna —la repentina orden interrumpió los pensamientos de Mario, quien respondió rápidamente—: ¡Sí, señor!
Mario no pudo evitar notar la ironía: hace un momento decía que el pastel le causaría caries a la señorita Abril, y ahora ordenaba uno. Así era el señor Soto ahora,