El ruido del salón era un murmullo constante, una combinación de conversaciones cruzadas, risas forzadas y el tintineo incesante de copas de cristal. A mi alrededor, inversores y empresarios pululaban como piezas bien entrenadas en un tablero de ajedrez, cada movimiento calculado, cada sonrisa una jugada estratégica. Era el tipo de entorno en el que me desenvolvía mejor. Y sin embargo, mi atención no estaba puesta en ninguno de ellos.
Por segunda vez en la noche, mi mirada buscó a Ivy.
Estaba a