—Si el clan no puede decidir —dijo, fría—, entonces lo decidirán las criaturas que lo sostienen.
Levantó una vez más las manos.
Esta vez, la magia no subió desde el humo. Bajó desde los árboles, desde las sombras más altas, desde los recovecos donde la luz de la fogata no llegaba. Algo se movió entre las raíces, entre las rocas, bajo la tierra misma.
Lo sentí antes de verlo.
Un latido ajeno. Un corazón que no era el de ningún lobo.
La primera grieta se abrió junto a la piedra antigua y la criat