Yara
Yo estaba de pie en el centro del vestíbulo, mis manos temblando tanto que tuve que hacerlas puños apretados para ocultarlo. Mi cuello dolía donde el bruto me había tirado de la cabeza hacia atrás, pero el dolor físico no era nada comparado con el terror frío que aún me arañaba la garganta.
Por un segundo allá atrás, cuando el látigo estaba crujiendo y Marcus tenía sus manos sobre mí, casi me había rendido. Casi había aceptado que mi vida había terminado, que iba a volver al lodo y a la sa