Capítulo 75
El aire de la mañana en Marbella era un velo tembloroso de calor, pero dentro de la Villa de Cristal la temperatura la dictaba el hielo que corría por las venas de los Sterling. Había pasado la noche en un estado de alerta vibrante; el fantasma de las manos de Lucien seguía grabado en mi piel. El corsé Navarino se estaba convirtiendo en una jaula de la que no podía escapar, y cada vez que crujían las tablas del pasillo de los sirvientes me preparaba para que el Zorro reapareciera.
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