El otoño llegó sin estridencias, como si la ciudad hubiera aprendido a cambiar de piel en silencio. Las hojas comenzaron a cubrir las veredas y el aire se volvió más liviano, menos exigente. Yo caminaba con las manos en los bolsillos, observando ese tránsito lento, sintiendo que algo en mí acompañaba el ritmo. No había apuro. Tampoco expectativa. Solo una disposición nueva a estar.
El cuaderno empezó a llenarse sin que yo lo notara. No escribía todos los días, pero cuando lo hacía, las palabras