Clara pensaba que ya estaba condenada, después de todo, esto era una piscina privada, sin entrenadores ni salvavidas, y si algo salía mal, nadie se daría cuenta.
Diego, ahora con la identidad de Darío, de alguna manera, apareció de la nada. Primero levantó a la niña con una mano y con la otra rodeó la cintura de Clara.
Colocó a la niña en la orilla y luego se volvió hacia Clara, —Señorita, ¿estás bien?
—La pierna, tengo calambres en la pierna, déjame descansar un momento.
—Está bien, agárrate a