Aunque Yolanda estaba con los ojos vendados, parecía sentir que todas las miradas estaban puestas en su rostro.
Suplicó con todas sus fuerzas: —Diego, papá, ¡sálvenme! Por favor, ¡sálvenme! No quiero morir.
Clara no estaba en buena forma, no había desayunado y su estómago le dolía desde hacía un rato. Con el sudor goteando por su frente, el viento marino se volvía más gélido para ella.
No tenía la energía de Yolanda para pedir ayuda. La cuerda alrededor de su cintura la hacía jadear sin poder re