El conductor miró la grieta en la parte trasera del parabrisas y dijo: —Señor Guzmán, el coche...
—No importa, ¿le salpicó agua?
—Sí, salpicó.
—Está bien entonces.
El conductor se quedó sin palabras.
Joaquín, después de años de contención, no explotaba en silencio, sino que se volvía cada vez más infantil.
Desde que Joaquín se liberó de sus ataduras, su comportamiento se volvía cada vez más incomprensible.
Clara observaba los edificios del pueblo y preguntó: —Diego, ¿este lugar ha sido afectado