Clara se sentó junto a él, con dos cuencos de fideos para cada uno. Después de comer, ambos se sintieron mucho más reconfortados.
—¿Te sientes un poco mejor ahora? Si no, puedo traerte otro cuenco. —dijo Clara con una sonrisa.
Alfonso le acarició la cabeza con la mano. —Tienes una forma única de consolar a la gente, chica.
—Lo sucedido no es lo que la señorita Enríquez ni usted deseaban. Pero ya no tiene sentido lamentarse por ello. Lo importante es que no te afecte negativamente tu salud.
Aunqu