CAPÍTULO DOSCIENTOS
La carroza fúnebre llegó al velatorio a eso de las cinco y media de la tarde. El cielo seguía gris y el viento estaba más helado que antes.
La empleada del recinto les recibió con tazas de café humeante, que Aiden aceptó de inmediato, con tal de pasar el trago amargo de escuchar los huesos rotos que aún no superaba. El joven empresario se sentó en uno de los sillones blancos que daban hacia el ventanal y que a su lado había una mesa cuadrada pequeña y sobre esta, una planta