Bianca golpeaba el pecho de Dave con puños débiles, sus palabras arrastradas por el alcohol.
—¡Mentiroso! ¡Nunca me amaste!
Las lágrimas le caían por el rostro mientras gritaba:
—¡Dave, dime! ¿Me amas o no? ¿Cuántas veces me has mentido? —su voz se quebró—. ¡Suéltame! ¡No me toques!
Dave se mantuvo sereno, ignorando su arrebato.
—Ya basta. Hablaremos en casa.
Sin hacer caso a su resistencia, la alzó en brazos. Sus quejas se apagaron cuando su rostro se apoyó contra su pecho.
Sus hombres trag