Los rayos de luz del medio día atravesaban los paneles de vidrio de las amplias ventanas de aquella lujosa habitación.
Daniel Glint, con sus ojos cerrados, arrugó la cara por la molestia y el calorcillo que regaló la claridad.
Encima del gran colchón de su cama, empezó a despertarse. Removió su desnudo cuerpo entre las sábanas, logrando desperezarse poco a poco, restregándose los párpados y masajeando un poco sus sienes. Cargaba un ligero dolor de cabeza.
Era veintiséis de diciembre. Apenas el