ATHENA
El olor a tierra húmeda y madera antigua me abrumó al adentrarme en el corazón del reino del Rey de los Osos. Era salvaje y crudo, muy distinto al poder disciplinado de los lobos. Los osos no creían en reglas estrictas ni en grandes castillos. Vivían por la fuerza, por la dominancia, por la pura voluntad.
¿Y Connor?
Él era la encarnación de las tres.
Estaba sentado en un enorme trono de piedra, tallado rudamente de la montaña misma, con los dedos tamborileando sobre el reposabrazos. L