Capítulo 34. Mentiras que no pueden esconderse.
La mañana del domingo, Mike despertó por una exquisita sensación que experimentó en su miembro. Había soñado con Alyssa, que la tenía en su casa, en su habitación, acostada en su cama y por completo desnuda. Dispuesta para él.
Se acostó a su lado y comenzó a acariciarla, sintiendo que ella hacía lo mismo. Pero el contacto de la mujer cada vez se volvía más real, hasta que abrió los ojos y la encontró entre sus piernas, estimulando su pene con su boca y sus manos.
—¿Qué haces? —preguntó adormila