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CAPÍTULO 2: LA DECISIÓN SELLADA

El primer sonido que rompió el silencio de la casa fue la tos profunda y seca de su madre, que llegó desde el cuarto interior apenas cruzaron el umbral. Julián apretó los puños alrededor de las monedas, sintiendo su peso helado clavarse en la palma de la mano como un recordatorio constante del trato que acababa de aceptar. Mariana se detuvo justo en la entrada, sin avanzar más, como si temiera que su mera presencia pudiera romper algo frágil dentro de aquellas paredes.

—Pasa —le dijo él, con la voz todavía ronca por el polvo del camino—. Es tu casa ahora.

Ella asintió muy despacio y dio un paso adentro. El vestido crujió levemente, como hojas movidas por una brisa que nadie más sentía. Doña Rosa estaba recostada sobre almohadas de lino descolorido, el rostro consumido por la fiebre y los ojos hundidos por el agotamiento. Al levantar la vista y ver a la joven que acompañaba a su hijo, se quedó inmóvil. Sus ojos pasaron de Mariana a Julián, y luego a las monedas que él aún sostenía con fuerza.

—¿Qué has hecho, hijo mío? —susurró, con un hilo de voz que apenas se sostenía.

Julián se sentó al borde de la cama, ignorando el cansancio que le pesaba en los huesos. Sacó una de las monedas y la levantó para que su madre la viera bien bajo la luz tenue que entraba por la ventana.

—Es lo único que pude hacer, mamá. Con esto pagamos a los acreedores, compramos los remedios que te faltan y no nos echan a la calle. Don Tadeo me las dio… a cambio de que me case con ella.

Doña Rosa miró a Mariana con una mezcla de compasión y espanto que le arrugó aún más el rostro. Extendió una mano temblorosa y, cuando sus dedos rozaron el brazo de la joven, no sintió el calor de la carne viva, sino la suavidad fresca y extraña del pergamino bien tratado. La anciana cerró los ojos con fuerza, como si un recuerdo doloroso le hubiera partido el pecho en dos.

—Don Tadeo… —repitió ella, casi sin voz—. Debiste decirme que habías ido a buscarlo. Debiste dejar que yo te explicara antes de aceptar cualquier cosa.

—No había tiempo —respondió Julián, bajando la mirada—. Nos daban tres días. Ya casi se han cumplido.

Mariana se acercó despacio a la cama, sin hacer ruido. No dijo nada al principio. Extendió una mano y la posó suavemente sobre la frente de Doña Rosa. La anciana abrió los ojos con sorpresa: la fiebre pareció ceder un instante, la tos se calmó y un poco de color volvió a sus mejillas.

—¿Quién eres tú, niña? —preguntó Doña Rosa, con la voz un poco más firme.

—Soy Mariana —respondió ella, con esa voz suave como el viento entre las cañas secas—. Y vengo a cumplir lo que se prometió hace mucho tiempo.

Esa misma tarde, Julián fue al pueblo a pagar las deudas. El escribano, un hombre de ojos pequeños y manos nerviosas, tomó las monedas una por una con cautela. Las levantó contra la luz de la ventana, las examinó con detenimiento y luego miró a Julián con una desconfianza que no intentó disimular.

—Estas monedas no son de las que se usan ahora —dijo el escribano en voz baja—. Son muy antiguas. Se decía que desaparecieron hace veinte años, junto con la hermana de Don Tadeo.

Julián sintió un escalofrío que le recorrió la espalda como agua fría.

—¿Qué le pasó? —preguntó, aunque ya temía la respuesta.

El escribano negó con la cabeza y guardó el dinero como si quemara.

—Nadie se atreve a hablar de eso. Solo se sabe que hubo una promesa rota, y que Don Tadeo juró cobrarla con creces. Ten cuidado, muchacho. No todo lo que brilla salva. A veces solo ata.

Al volver a casa, Julián encontró a Mariana sentada junto a la ventana, mirando el cañaveral que se extendía hasta donde alcanzaba la vista. No había tocado nada de la casa. No había hecho preguntas. Solo esperaba, quieta y paciente. Al verlo entrar, se levantó despacio.

—¿Vas a casarte conmigo aunque sepas que no soy como las demás mujeres? —le preguntó, directa y sin rodeos.

Julián se detuvo frente a ella. Pensó en su madre mejorando en la cama, en la casa que ahora podían conservar, en todo lo que estaba en juego. Pero también pensó en esa mirada triste y profunda, en la forma en que había calmado la fiebre de su madre con solo un roce, en la extraña calidez que empezaba a sentir cuando ella estaba cerca.

—Me caso contigo porque me diste la única oportunidad que tenía —respondió él, con la voz más firme de lo que esperaba—. Y porque, aunque seas de papel, no me has mentido. Nadie más me ha dicho la verdad en toda mi vida.

Los preparativos para la boda fueron tan breves y discretos como el trato mismo. Al día siguiente, Don Tadeo llegó con dos testigos silenciosos y habló con el cura del pueblo. Nadie preguntó demasiado. Todos sabían que no era prudente contradecir al anciano que vivía al borde del pueblo. Solo hubo susurros a sus espaldas, miradas de asombro y comentarios que se cortaban en seco cuando Julián pasaba por la calle.

Esa noche, mientras la luna subía despacio por el cielo, Julián encontró a su madre mirando un viejo retrato colgado en la pared de la sala. La luz de la vela hacía bailar las sombras sobre la imagen.

—¿Sabes quién es ella? —le preguntó Doña Rosa, señalando a la mujer del cuadro. Su voz temblaba.

—No —respondió Julián—. Nunca la había visto.

—Es la hermana de Don Tadeo —dijo su madre, con lágrimas brillando en los ojos—. Y el hombre que está a su lado… es tu padre.

El silencio que siguió fue más pesado que cualquiera de las monedas antiguas. Julián sintió que el suelo se movía bajo sus pies. Todo encajaba de golpe: la deuda que nunca había entendido del todo, las monedas que parecían venir de otro tiempo, la esposa que le habían entregado como si fuera parte de un pago pendiente. No era un favor. No era un trato desesperado. Era una cuenta que llevaba veinte años esperando ser cobrada.

—¿Por qué no me lo dijiste? —alcanzó a preguntar, con la voz rota por la traición.

—Por miedo —confesó Doña Rosa, bajando la cabeza—. Porque tu padre juró que el secreto moriría con nosotros. Y ahora veo que no fue así. El destino ha venido a buscarte, hijo mío. Y esa muchacha… esa muchacha es la prueba de que las promesas rotas nunca se olvidan.

Al día siguiente, cuando Julián se puso la ropa limpia para la ceremonia, ya no sentía solo miedo. Sentía rabia, confusión y una extraña determinación que le ardía en el pecho. Había aceptado el trato sin saber lo que firmaba, pero ahora que conocía la mitad de la verdad, no iba a huir. Iba a casarse con Mariana y luego descubriría el resto, costara lo que costara.

Cuando salieron hacia la capilla, el sol apenas empezaba a asomar por el horizonte. Mariana caminaba a su lado, más hermosa y más frágil que nunca bajo la luz del amanecer. Antes de cruzar el umbral de la pequeña iglesia de adobe, ella se detuvo y lo miró directamente a los ojos.

—Si ahora quieres irte, te dejaré —le dijo con voz suave pero firme—. No quiero que te cases conmigo solo por una deuda que no contrajiste.

Julián tomó su mano con cuidado, sintiendo la suavidad extraña de su piel de fibra y pergamino.

—Ya no es solo por la deuda —respondió él, con el corazón latiéndole con fuerza—. Ahora es por saber la verdad. Y por ti.

Y juntos, bajo las miradas silenciosas y desconfiadas del pueblo, entraron a sellar un matrimonio que había sido planeado mucho antes de que ellos nacieran.

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