Don Tadeo entró despacio, como si cada paso le costara un esfuerzo inmenso, y se sentó en la silla que Julián le ofreció junto a la mesa de madera. La luz tenue de la lámpara apenas iluminaba su rostro, y se veía más viejo y cansado que nunca, como si años de peso hubieran caído sobre él en unas pocas horas. Dejó la carta sobre la mesa con mucho cuidado, como si fuera algo frágil y peligroso a la vez, y se quedó mirándola en silencio durante unos instantes largos, como si temiera tocarla o decir lo que tenía dentro.Julián se sentó frente a él, sin apurarle, sin hacer preguntas precipitadas. Sabía que cuando alguien trae una noticia así, lo mejor es darle tiempo para encontrar las palabras. Al poco rato, el anciano levantó la vista, y sus ojos estaban llenos de una mezcla de dolor y miedo que Julián no había visto jamás en él.—Hace más de veinte años —empezó a decir con voz temblorosa—, mi hermana, la madre de Mariana, amó a un hombre. Le prometió todo, le dijo que se casarían, que t
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