Casi dos años después de aquella mudanza tan significativa hacia su nuevo hogar, y con su primer hijo, un pequeño llamado Mateo que había heredado tanto la sonrisa cálida de Emma como la mirada intensa y reflexiva de Luca, ya caminando con considerable seguridad por esa cocina abierta que Emma había diseñado con tanto cariño, la vida de esa familia continuaba desarrollándose con una armonía genuina que ambos apreciaban profundamente cada día.Esa mañana particular, mientras Emma preparaba tranquilamente el desayuno familiar, con Mateo sentado en su pequeña silla especial junto a la isla central, entreteniéndose con algunos utensilios seguros que Emma le había proporcionado para que participara, a su manera, en esa actividad culinaria compartida, notó nuevamente algo considerablemente familiar en su propio cuerpo: cierta fatiga inusual, una sensibilidad renovada hacia ciertos aromas específicos, y una intuición genuina que, después de haber experimentado ya ese proceso una vez anterior
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