Zero regresó un par de horas después con una canasta de mimbre apoyada sobre uno de sus hombros. Sin decir una palabra, la dejó sobre el único espacio libre que quedaba en el escritorio del rey. Ni siquiera tuve que levantar la vista para saber qué contenía. Olía celestial. Mi estómago protestó de inmediato. En el territorio del alfa Daniel no me habían dado comida antes de llevarme al castillo porque, según sus propias palabras, no quería que engordara de repente. Claro que no. Aquel Alfa era tan miserable que durante los dos meses que permanecí encerrada en su territorio era un auténtico milagro que recordara alimentar a cualquiera de sus esclavas. Si no hubiera sido porque detrás de la bodega en la que nos tenía crecía un pequeño matorral de bayas silvestres, probablemente habría muerto de hambre mucho antes de que decidiera regalarme como tributo. Aun con mi estómago deseando comer, no levanté la vista. Continué clasificando documentos como si aquella comida no existiera.
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