Hizo la cita un martes, tres días después de mentirle sobre el pollo, y no se lo dijo a nadie.Ni a Sofía. Ni a Mateo. Ni a la mujer del teléfono que le preguntó su fecha de nacimiento y su seguro y su contacto de emergencia, al que dio el nombre de Priya, porque Priya era la única persona en quien podía pensar que no haría una sola pregunta que no estuviera lista para responder.La clínica era blanca y silenciosa y olía a desinfectante de manos y a paciencia. Se sentó en la sala de espera con las manos cruzadas sobre el regazo y el abrigo aún puesto, el mismo abrigo que había llevado toda la semana, el mismo que todavía tenía la cajita pequeña ablandada en el bolsillo. No se había hecho una segunda prueba. No lo necesitaba. Lo había sabido, en algún lugar, desde que el café le revolvió el estómago, y cada día desde entonces solo había añadido peso a la certeza.La doctora era una mujer de unos cincuenta años con manos firmes y un rostro que había visto llegar a mil mujeres exactament
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