Lorenzo Bianchi Respiré hondo, sintiendo el aire quemar en mis pulmones mientras intentaba, a todo costo, controlar la rabia que subía por mi cuello. Sabía, racionalmente, que no debería sentirme tan molesto con su actitud, pues su justificación tenía todo el sentido del mundo. Sin embargo, la idea de verla enfrentando esta fragilidad sola, sin nadie cerca para ampararla, me causaba un nudo insoportable en el estómago. — No necesitas, ni debes, sentirte incómoda al buscarme para lo que sea, Diana. — Hablé, forzando la voz a sonar más suave. — Quiero que pienses exclusivamente en esa criatura y te deshagas de cualquier rastro de orgullo tonto. Al menos por ella, ¿entiendes? — Ahora, mírame y dime exactamente qué pasó y cómo fue que terminaste aquí — Ordené, sentándome en la silla al lado de la camilla. Diana no pudo contener más las lágrimas, que comenzaron a rodar pesadas por su rostro pálido, y juré para mis adentros por mi rudeza. Necesitaba urgentemente controlar estos arra
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