—Monta sobre mí —dijo con voz tensa. Sus pupilas se dilataron y su frente se frunció. Tenía la frente marcada por el sudor, y sus manos la sujetaban con tanta fuerza por las caderas que ella no podía hacer más que apretar los músculos internos alrededor de su erección.—Un paraíso de sudor —gimió él.No iba a aguantar, y no podía hacer nada al respecto. Necesitaba moverse. Tenía que moverse.Apoyando las palmas de las manos sobre su pecho, se zafó de su agarre y comenzó a moverse de arriba abajo, tomándolo, soltándolo, y volviendo a tomarlo. El sudor perlaba su frente. Sus ojos eran rendijas estrechas, y no apartaba la mirada de la de ella. La animó a acercarse para poder acariciar sus pechos. Le llenaban ambas palmas y frotó la yema del pulgar sobre los pezones dolorosamente erectos.—No puedo aguantar —susurró ella.—Entonces vámonos juntos —la instó él. Sus manos dejaron sus pechos y él la agarró de las caderas, levantándola y bajándola al ritmo de sus embestidas ascendentes. El a
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