Punto de vista del autor.El sol de la tarde iluminaba la oficina de Leon a través del gran ventanal que daba al horizonte de Londres. Su escritorio de caoba estaba cubierto de documentos, el portátil abierto y tres tazas de café ya frías. Leon estaba sentado en su silla, con un traje gris y una corbata azul oscura ligeramente aflojada. Su rostro seguía impasible como siempre, pero sus ojos mostraban un cansancio que no podía ocultar: ligeras ojeras, finas arrugas en la frente que no desaparecían últimamente.Acababa de firmar el último documento cuando la puerta de su oficina se abrió sin que llamaran.Sebastián entró.Y en sus brazos llevaba a un niño pequeño.Leon levantó la vista. Sus ojos se fijaron en Sebastián, en su chaqueta de cuero mojada por la llovizna de afuera, en la expresión tensa de su rostro fiero, en algo diferente en él. Luego su mirada se posó en el niño.El niño tendría unos cinco años. Cabello negro intenso, ligeramente rizado en las puntas, pegajoso a la frente
Leer más