—¡Lupe…! —exclamó Felix en cuanto divisó la robusta silueta de la confidente de su progenitora, emprendiendo una carrera rebosante de júbilo.La aguda frecuencia de Felix resonó con fuerza en el corredor interno del apartamento. Sus menudas plantas se desplazaban con presteza, corriendo al amparo de una sonora carcajada exenta de tribulaciones. Lupe depuso de inmediato las rodillas sobre el suelo y extendió ambos brazos de par en par.—¡Hola… mi niño hermoso! —saludó Lupe.En el instante en que la pequeña anatomía de Felix impactó contra ella, Lupe estre
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