Me senté en el asiento trasero de ese taxi con el pecho aún subiendo y bajando. Mi respiración era agitada, no solo por haber corrido, sino por la adrenalina que aún inundaba todo mi cuerpo. Presioné mi cabeza contra el vidrio frío de la ventana, intentando calmar los latidos de mi corazón, que aún golpeaba con fuerza.—¿A dónde, señorita? —preguntó el conductor con un acento italiano muy marcado, pero que pude entender.Casi lloro al oír inglés. Por fin, alguien con quien podía hablar sin tener que traducir cada palabra con gran esfuerzo.—Estación de tren. La más cercana. Por favor, rápido —quiero decir "quickly"—, respondí apresurada.El conductor me miró a través del espejo retrovisor. Sus ojos eran penetrantes, como si evaluara si yo estaba bien. Debía verme hecha un desastre. Mi cabello estaba despeinado, mis pies sucios y sin zapatos, y aún sostenía mis dos zapatos de tacón alto sobre el regazo.—¿Está bien, señorita? —preguntó.—No.—Me secuestraron —dije, con la voz tembloros
Leer más