El cielo de Jeju amanecía cubierto por una neblina ligera, como si la isla quisiera ocultar sus secretos bajo un velo suave y silencioso. El aire era fresco, húmedo, y el murmullo lejano del mar parecía latir al mismo ritmo que los corazones inquietos que, sin saberlo, estaban conectados por un hilo
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