Antes.—Lo siento, señora. Hicimos todo lo que estuvo en nuestras manos —se lamentó la comadrona—. De verdad lo siento.—No, no… —negó, intentando sentarse en la cama—. Quiero a… —La mujer hizo una mueca de dolor—. Por favor, necesito ver a…—Señora, por su bien, debe calmarse —habló el obstetra, en tono afable—. Tiene que recuperar energías para su...—¡No! —exclamó con dolor, con enojo—. Quiero a mi bebé... Quiero a mis dos hijos.—Graciela, prepara un calmante. —La mujer asintió e inyectó un líquido ambarino en la intravenosa—. Lamento su pérdida, señora.Sus párpados pesaban y su cuerpo se ponía laxo. El dolor desaparecía lentamente mientras iba quedando dormida. Quizás lo que acababa de oír era solo producto de una horrible pesadilla y al despertar tendría en sus brazos a sus dos bebés.En el otro extremo de la casa, lejos del llanto y los gritos de su esposa, el hombre bebía su tercer whisky. El alcohol en su sistema estaba surtiendo los efectos deseados y la voz dentro de su me
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