Había estado esperando en la sala de estar, todavía confinada en esa deprimente jaula. No sabía cuántos minutos habían transcurrido.Los hombres que la habían traído allí se habían ido hacía mucho tiempo, después de que uno de ellos recibiera una llamada, presumiblemente de un superior, probablemente del mismísimo jefe. Y con cada minuto que pasaba, su ansiedad aumentaba.En ese preciso momento, escuchó pisadas apresuradas y, un segundo después, una apasionada súplica de perdón. Sobresaltada pero curiosa, Calytrix levantó la mirada y un jadeo de temor escapó de sus labios entreabiertos, llevándose la mano a la boca.Una mujer de cabello claro, vestida con un uniforme de sirvienta, estaba siendo acorralada y atrapada, con las manos colocadas sobre la balustrada, mientras miraba con temor a un hombre alto y enmascarado.—Corre. ¿Por qué no corres? —dijo el hombre irritado, con un tono que hizo estremecer incluso a Calytrix.—S-señor… —titubeó la rubia, con la voz entrecortada—, l-lo sie
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