Había estado esperando en la sala de estar, todavía confinada en esa deprimente jaula. No sabía cuántos minutos habían transcurrido.
Los hombres que la habían traído allí se habían ido hacía mucho tiempo, después de que uno de ellos recibiera una llamada, presumiblemente de un superior, probablemente del mismísimo jefe. Y con cada minuto que pasaba, su ansiedad aumentaba.
En ese preciso momento, escuchó pisadas apresuradas y, un segundo después, una apasionada súplica de perdón. Sobresaltada pe