La acababan de arrojar con brusquedad sobre la lujosa cama. Sabía, sin necesidad de que se lo dijeran, quién estaba detrás de esa máscara.
No había tiempo para elogiarle lo cómoda que era la cama o el gran gusto que tenía el señor Sayge con respecto a la decoración de su habitación. Lo observó mientras cerraba la puerta ligeramente de un puntapié, claramente sin preocuparse de que algún imbécil entrara sin avisar.
Luego se dirigió hacia ella y le pidió que se pusiera de rodillas mientras aún es