La cena del sábado en la Hacienda Santa Sofía no tenía el brillo artificial de los eventos. No había fotógrafos, ni columnas sociales, ni la necesidad de proyectar una imagen para el mercado. En el comedor de techo alto, iluminado por un candelabro de cristal antiguo y por la suave luz de algunas velas sobre el centro de mesa, lo que imperaba era una atmósfera de calma que, para mí, resultaba casi más intimidadora que cualquier fiesta. Estábamos todos sentados alrededor de la pesada mesa de jacarandá. Haroldo ocupaba la cabecera, con mi padre a su derecha. Marina y mi madre conversaban sobre las tradiciones de la región, mientras Alex estaba a mi lado; su presencia sólida servía como mi único punto de anclaje. —Sabe, Arnaldo —comenzó Haroldo, sirviendo un tinto con cuerpo de su propia reserva—, Alex siempre ha sido un hombre de
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