Capítulo 116: La villa en Normandía. La limusina avanzaba suavemente por la autopista, dejando atrás el bullicio de París. Poco a poco el paisaje fue cambiando: los edificios altos desaparecieron, las carreteras se volvieron más anchas y extensos campos verdes se extendieron a ambos lados del camino. Adrien llevaba casi todo el viaje pegado a la ventana, con la nariz prácticamente pegada al cristal. —¡Mira, Adeline! ¡Allá hay caballos! —exclamó el niño, señalando con entusiasmo—. Y cuando lleguemos a la villa vamos a montar todos juntos. Su emoción era tan contagiosa que incluso Lumière, sentado a su lado, movía la cola atento a cada movimiento de su pequeño dueño. Adeline sonrió con ternura desde su asiento. —Ya casi llegamos —anunció Adrien por tercera vez en menos de veinte minutos, girándose hacia todos con los ojos brillantes. Odette, sentada frente a ella, soltó una risa suave y le revolvió el cabello con cariño. —Llevas diciendo eso una hora, mon petit chéri (mi pequ
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