—Eres mía, conejita. Dilo hasta que lo creas —ordenó, su voz ronca, sin aliento, su frente presionada contra la nuca mientras se empujaba con más fuerza contra mí, su ritmo implacable.—¡Soy tuya… soy tuya! —grité, las palabras saliendo una y otra vez, rotas entre gemidos y jadeos. Mi garganta se sentía en carne viva, mi cuerpo ardiendo, pero no podía dejar de decirlo, no podía dejar de necesitar que él lo oyera.Emiliano gruñó, el sonido tan profundo que retumbó contra mi piel, y sus embestidas se volvieron casi desesperadas, como si estuviera perdiendo el control, como si mi rendición fuera lo único que necesitaba oír para romperse por completo. Su mano se aferró a mi cadera, magullándola, sujetándome en el sitio mientras me follaba con todo lo que le quedaba.El placer me atravesó con tanta fuerza que pensé que mi cuerpo se rompería. Todavía estaba temblando, todavía gritando su nombre cuando sentí que Emiliano perdía el último resto de control. Su ritmo se volvió salvaje, frenétic
Leer más