PUNTO DE VISTA EN PRIMERA PERSONAParís siempre había olido a pecado. A perfume costoso, a lluvia fresca y al suave murmullo de secretos que nunca permanecían enterrados. Debería haber sabido que venir aquí acabaría conmigo.La ciudad resplandecía bajo la suave bruma del crepúsculo cuando llegué al evento en la azotea de Maison Voltaire, la casa de modas que, de algún modo, me había convertido en su nueva musa. Las cámaras destellaban como relámpagos, las copas de champán brillaban y, en algún lugar por encima de todo aquello, se encontraba él: Adrian Voltaire, el multimillonario director ejecutivo cuyo nombre bastaba para silenciar una sala entera.Solo lo había visto una vez antes. Un encuentro breve e intenso en su oficina de Londres, cuando firmé mi contrato. Su reputación lo precedía: despiadado, brillante, aterradoramente hermoso. Me había mirado como un hombre que disecciona una obra de arte; sus ojos afilados captaban los defectos que nadie más se atrevía a ver.Ahora, al pisa
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