Punto de vista de LyraTrabajé dieciocho horas con tres descansos, todos impuestos por Alexander, quien aparecía a intervalos con comida que no recordaba haber pedido y se quedaba en la puerta del comedor hasta que me comía al menos la mitad antes de irse. La mesa del comedor se había convertido en una sala de guerra en miniatura, con documentos impresos cuidadosamente apilados, notas adhesivas codificadas por color según el nombre y el año, mi tableta apoyada contra una pila de libros con tres borradores diferentes abiertos a la vez. El problema, una vez que me senté a analizar el material, no era la falta de información. Era todo lo contrario. Treinta años de transacciones, nombres, fechas, transferencias bancarias que pasaban por cuatro países y regresaban, historiales médicos, la letra de mi madre en papel de hace veinte años. La tentación era mostrarlo todo, demostrar la magnitud del asunto abrumando a la gente con tanta información. Sabía, como conocía el color y la composición,
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