(POV de Sofía)La mano de Catalina, que un segundo antes había quedado completamente flácida bajo mis dedos, de repente se tensó. La conmoción en su cara se cuajó, convirtiéndose en un profundo y ardiente fastidio que retorció sus facciones en una máscara de puro asco aristocrático. Me miró fijamente, con el pecho agitándose bajo el pesado chal de lana, los ojos dorados destellando con una luz fría y aguda que me hizo querer retroceder. Pero no lo hice. Me mantuve firme, con los dedos aún hundidos en el terciopelo de la manga.—Pequeña rata de sangre fría —susurró Catalina, con la voz temblando de una rabia mucho más personal que el pánico previo. Esta vez no intentó apartarse; en cambio, se inclinó más, con el aliento caliente contra mi cara—. Ni siquiera has visto el color de su sangre en el barro, y ya estás regateando por los caballos que te llevarán lejos. No puedes ni hacerle el honor de esperar a ver el resultado d
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